Continuo ejerciendo de titular y, aunque echo de menos a "mis niños", estoy encantada con la experiencia porque estoy pudiendo ver nuevos casos y, al enfrentarme yo sola a los mismos, estoy adquiriendo mucha más seguridad. Además, la directora me ha dado la enhorabuena lo cual me anima mucho más a seguir adelante.
El día transcurrió genial nuevamente y aprovecho la ausencia de uno de los niños para bajar a ver como va mi tutora con las actividades que le propuse. Me comenta que va un poco liada y que no ha podido llevarlas a cabo, lo cual entiendo pero me da mucha pena porque me hubiera encantado poder realizarlas para ver si obtiene el resultado que esperaba. Se las he dejado para que, aunque sea en mi ausencia en el centro, cuente con ellas cuando tenga un hueco o lo estime oportuno.
Vuelvo a "mi sala" y continuo la jornada sin imprevistos, todas las sesiones van bien, especialmente la de una niña de dos años y medio que, aunque está normalizada y ya tiene el alta, su madre está un poco obsesionada con la estimulación y continua con el tratamiento. La niña presenta un lenguaje incluso más avanzado del que le correspondería para su edad, es muy trabajadora pero observo que está algo saturada y lo exterioriza con comportamientos poco aceptables, del tipo de exigir la actividad que quiere, hacer como que no sabe lo que se le pide, etc. Se lo comento a E. y me dice que ella también ha notado alteraciones a nivel conductual desde hace unas semanas, y que ella también pensaba que era fruto de la sobreestimulación.
Una vez más, vuelvo a apreciar los inconvenientes que las familias suponen, en ocasiones, para los niños, a veces por defecto y otras por exceso, aunque como madre empatizo con ellas y llego hasta a comprenderlas, porque siempre queremos que nuestros hijos sean "los más listos, los más guapos, los más sanos, los más todo", sin darnos cuenta que muchas veces somos precisamente nosotros los que no les dejamos avanzar y crecer.
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