En un principio mi participación en el proceso se basaba fundamentalmente en la observación y seguimiento, pero, por circunstancias del momento, también he podido llevar a cabo en algunas ocasiones una participación puntual supervisada y en otras ocasiones incluso autónoma.
Mónica tuvo un problema personal que no le permitió estar en el centro toda su jornada laboral, como fue de improvisto no puedo re-ubicar a los alumnos que le quedaban, así que me pidió que me encargara yo. No tuve ningún inconveniente en hacerlo, en primer lugar, por hacerle el favor a mi tutora, y en segundo lugar creía que podía hacerlo, ya que trabajo en una escuela infantil y, en ocasiones, he tenido algún alumno con alguna dificultad o trastorno. Estaba tranquila y confiaba en que saldría bien porque la sesión era con Daniela, una niña de casi 3 años con TEA, que tenía un carácter muy afable y habíamos congeniado mucho en otras sesiones.
Daniela controlaba a la perfección el sistema PECS, así que la sesión se presentaba tranquila porque no había obstáculos de comunicación. Comencé por sacar su bote de galletas que tanto le gustaba, no tuve que darle orden alguna porque ya sabía lo que esperaba de ella y no tarde en darme la imagen del bote de las galletas. Con ella lo que más se trabajaba, como con casi todos los niños autistas, es la comunicación verbal. Le ofrecí juegos donde a través de imágenes construíamos frases, acciones, etc.
La sesión transcurrió con normalidad hasta que cuando faltaban 15 minutos para finalizar la sesión comenzó a ponerse algo nerviosa, yo intentaba canalizar su ansiedad con actividades que en otras ocasiones le hubiera llamado la atención pero en esa ocasión no fue así. Yo había guardado su cuaderno de imágenes porque estábamos trabajando con otro material, y ella no encontraba la manera de hacerme saber que es lo que le ocurría, hasta que me vino a la cabeza y se lo saqué.
En el cuaderno además de imágenes de los objetos de la sala o de su casa, también hay fotos de sus familiares y de los miembros del equipo, Mónica, la logopeda, etc. Cuál fue mi sorpresa cuando Daniela paso todas las páginas del cuaderno hasta llegar a la foto de Mónica. Cuando se lo conté a Mónica se emocionó muchísimo ya que nunca había mostrado preferencia alguna por ningún adulto.
Esto me llevo a reflexionar que los niños con TEA, al contrario de lo que piensen algunos, también tienen sus sentimientos y crean vínculos afectivos con las personas que les rodean, lo que no pueden es expresar a veces por falta de herramientas o estrategias para hacerlo.
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